Memorias de Evaristo Castells Arándiga
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Memorias de Evaristo Castells Arándiga (1913-2005)
Recopiladas por Alexandre Dumont-Castells

 

II. La Guerra Civil (1936-1939)


Al principio los que tenían que ir al ejército se elegían mediante un sorteo entre los jóvenes del pueblo. Todavía iban pocos porque había poca demanda.

En primer lugar, su hermano Daniel (1905-1941) fue voluntario para hacer la guerra en el campo de los republicanos. Partió hacia Madrid con otros jóvenes del pueblo, pero fue licenciado debido a sus pies planos. Volvió disgustado al pueblo. Evaristo decidió enrolarse en su lugar. Su hermano se convirtió en el apoyo de la familia, ya que su padre era ya anciano.

En Madrid Evaristo fue destinado en el mes de agosto al ejército de tierra (la 44ª Brigada Mixta) en El Pardo; su unidad dependía del capitán Amedo Hueso y del teniente Montolío. Todo el regimiento estaba acorralado. Unas trincheras lo rodeaban. Él tenía que vigilar una de las puertas, llamada “El río Manzanares”. El punto más avanzado era un mirador donde se encontraba un guardia que era relevado regularmente. La distancia del Pardo a este mirador, en el linde del bosque, era de unos 350 metros.

El mirador, posta avanzada, estaba casi aislado. La facción estaba normalmente con la tensión nerviosa a prueba. En efecto, en plena noche, el guardia no podía distinguir al enemigo de su relevo. ¡Además el enemigo hablaba la misma lengua! Él mismo y uno de sus camaradas, en medio de un relevo, se encontraron dentro de las líneas franquistas en plena noche. Se dieron cuenta cuando oyeron hablar a unos marroquines. Evaristo propuso a su capitán un sistema bastante simple e ingenioso que permitiría asegurar la guardia y el relevo. Se trataba de un “hilo de Ariadna” tendido entre el mirador y el punto más avanzado de la primera trinchera en El Pardo y defendido por los republicanos. En los extremos del hilo, dos botes de conservas con dos piedras en el interior de cada uno de ellos permitían lanzar una señal a la guardia para relevarla.

Una entrada principal llevaba al interior del Pardo: los franquistas ganaban cada vez más las posiciones republicanas; el capitán recibió la orden de sacar a sus tropas por el pórtico principal para rechazar la ofensiva y evitar el cerco. Pero tiradores aislados permanecían emboscados y hacían una verdadera masacre; tres cuartas partes de los combatientes republicanos cayeron en el combate.

Evaristo era estafeta, y en el curso de una misión que le confió su comandante (una orden de repliegue que debía hacer llegar a su capitán de unidad) fue herido en el antebrazo izquierdo por la explosión de un obús. Obtuvo unos días de convalecencia y permiso en su pueblo de Villanueva de Castellón.

En el pueblo reclutaban hombres para la Guardia de Asalto. Quería presentarse voluntario, pero era un año demasiado mayor de edad y demasiado bajo de estatura. Todos los de su edad estaban en el ejército. Consiguió, pues, que le hicieran una falsa declaración y que le rebajaran un año de edad, yendo a pedir a la sede del partido socialista local un certificado. Además, como no tenía la talla requerida, algunos centímetros, se tuvo que presentar de nuevo con astucia para ser aceptado. Tras una gran inspiración, el funcionario-reclutador lo enroló; lo que le valió para no volver al frente en Madrid y no incorporarse a su unidad. En efecto, como las pérdidas eran considerables en la Guardia de Asalto, el reclutamiento de efectivos era prioritario sobre los otros cuerpos de armas.

En un primer momento, fue enviado a Valencia a por el uniforme y el equipo; luego se le  orientó hacia un campo de entrenamiento de estas fuerzas especiales, cerca de la playa de Benicàssim. El objetivo era formar rápidamente guardias para completar las compañías que sufrían demasiadas pérdidas. Al final del período de entrenamiento, se formaron dos compañías. Dos de sus camaradas fueron destinados a una compañía y él a otra. Como deseaba estar en la misma compañía que sus camaradas, aprovechó para cambiar de grupo y meterse  en el otro. El capitán hizo el recuento de la primera compañía y se dio cuenta de que faltaba uno mientras que en la otra había uno de más. El capitán eligió entonces uno al azar de la compañía que excedía en número y lo envió a la otra.

Al final, una compañía debía ir a Barcelona y la otra al frente de Madrid. Desgraciadamente para él, la suerte le era adversa; estaba en esta última, pertenecía a la 135ª compañía y al 34º grupo de la Guardia de Asalto; era una vuelta al punto de partida. ¡Volvía a salir pues hacia Madrid! Se dirigió al despacho del capitán, con sus dos camaradas, para intentar permutar con otros muchachos de la compañía que iba a Barcelona, aduciendo el hecho de que ya venía de Madrid cuando estaba en el ejército. El capitán se negó. Las dos compañías salieron en un primer momento hacia Barcelona; allí permaneció dos días, pues un levantamiento de anarquistas tenía lugar en Aragón (pero su tropa no lo sabía). El capitán pidió voluntarios para una misión - “someter la rebelión” -, en refuerzo de otras compañías estacionadas allí. Pedía 6 ó 7 hombres; para él y sus dos amigos la alternativa era o ir a Madrid o ir a otra parte (Aragón sólo sufría un levantamiento, no era el frente). Se presentó voluntario con sus amigos para esto último. Conocieron por fin el objetivo de su misión una vez se consiguieron los seis voluntarios.

Durante 6 meses permanecieron allí. Fueron destinados a  puestos de guardia en carretera donde efectuaban controles de identidad. Era en Binéfar. Allí había una estación donde se encontraba un depósito de aceite de oliva (una oportunidad para ellos, ya que el país, con la guerra, carecía de él). Fue designado cocinero de su unidad. Era, por otra parte, el único que sabía cocinar bien. Se utilizaba pues el aceite requisado. Por la mañana, iba a buscar leche a una granja de los alrededores para el café con leche de sus camaradas y hacía freír rebanadas de pan de la víspera en aceite a manera de “pain perdu”.

En un pequeño pueblo del norte de Aragón, cerca de la frontera, la mayor parte de la compañía se había colocado en casas de los vecinos. Un policía debía ser alojado en casa de una anciana señora que sólo sabía hablar un aragonés próximo al catalán, y el diálogo establecido con los suboficiales en castellano se volvió pronto incomprensible para la anciana mujer que sólo comprendía algunas pizcas. Los suboficiales debieron recurrir a Evaristo que controlaba los dos dialectos. Al principio, la anciana se enfadó cuando uno de los policías le pidió “una cama” para dormir. “Cama” en catalán significa “pierna”. ¡Y para la vieja mujer, era inaceptable hacerse trocear por los policías que querían comerle una pierna! En resumen, Evaristo, tranquilizó a la vecina y le explicó que lo que le pedía el policía era una cama para dormir.

Los guardias de asalto de Cataluña carecían de efectivos para asegurar el mantenimiento del orden en Barcelona. Con sus amigos se presentó voluntario para reforzarlos; algunos guardias nacionales vinieron a engrosar las líneas urgentemente. Tras los 6 primeros meses de 1938, Aragón cayó en manos de los “rebeldes”; Cataluña estaba aislada de Castilla la Nueva, de una parte de Andalucía y de Madrid siempre republicana, pero el cerco se estrechaba. La costa Este estaba amenazada por la marina alemana e italiana.

Evaristo fue trasladado como guardia a la prisión de arresto de Barcelona; no llevaba mucho tiempo allí cuando un camarada vino a buscarlo y le dijo que los franquistas estaban a las puertas de la ciudad y que era preciso partir rápidamente. Los dos despertaron a toda prisa a otro guardián que tenía un vehículo a fin de que les condujera a Figueres durante el día; el hombre, obligado, les dejó allí y volvió. Allí un coronel del ejército les obligó a volver para engrosar las filas en defensa de Barcelona. Ellos se negaron. Estacionado en Mateo con otros guardias de asalto, oía cómo se acercaban los franquistas y estaban a punto de asediar la localidad; el enemigo era numéricamente superior, el regimiento no podía defender por sí solo la plaza contra todo un ejército de franquistas exaltados. Decidió entonces abandonar su regimiento para salvar su vida - igual que un buen número de republicanos conscientes del final muy próximo de la guerra -. “¡Luchar, sí! ¡Pero sin municiones..., no!” Huyó, pues, con su camarada a través de un campo de trigo, mientras los franquistas rodeaban Mateo cerca de Figueres. Sin ninguna sorpresa, el regimiento republicano cayó. Los supervivientes, si no habían tenido la oportunidad de morir en el combate, fueron pasados inmediatamente por las armas. El hermano de Evaristo, Daniel (1905-1941), luchaba en una compañía que se dirigía hacia Andalucía y fue deshecha por los franquistas. Años después fue fusilado en Paterna (el 16 de mayo de 1941), tras dos años de prisión.

A Evaristo no le quedaba más opción que atravesar la frontera para ir a Francia. Un gran número de tropas republicanas surcaban las carreteras hacia Francia. El éxodo se aceleraba. Se juntó con sus tres camaradas de fortuna: un sargento (payaso de vocación) y dos madrileños. Era el único valenciano entre ellos y cuando estuvieron en Barcelona, les servía a menudo de intérprete entre los castellanos y los catalanes. En el camino, descubrió incluso una caja entera de botellas de leche abandonada que se apresuró a cargar inmediatamente sobre sus hombros. Sus camaradas se burlaban de él repitiéndole que en Francia tendrían tanta leche como quisieran; pero les dejó reír, ya que, al fin y al cabo, no conocía Francia, y durante esta guerra había aprendido a defenderse por sí mismo.

III. Exilio en Francia e internamiento (1939-1942). 

 

Actualitzada: dimecres, 16 / gener / 2008

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