Al principio los que tenían que ir al ejército se elegían
mediante un sorteo entre los jóvenes del pueblo. Todavía iban
pocos porque había poca demanda.
En primer lugar, su hermano Daniel
(1905-1941) fue voluntario para hacer la guerra en el campo de los
republicanos.
Partió hacia Madrid
con otros jóvenes del pueblo, pero fue licenciado debido a sus
pies planos. Volvió disgustado al pueblo. Evaristo decidió
enrolarse en su lugar. Su hermano se convirtió en el apoyo de la
familia, ya que su padre era ya anciano.
En Madrid
Evaristo fue destinado en el mes de agosto al ejército de tierra
(la
44ª Brigada Mixta) en El
Pardo; su unidad dependía del capitán Amedo Hueso y del
teniente Montolío. Todo el regimiento estaba acorralado. Unas
trincheras lo rodeaban. Él tenía que vigilar una de las puertas,
llamada “El
río Manzanares”. El punto más avanzado era un mirador
donde se encontraba un guardia que era relevado regularmente. La
distancia del Pardo
a este mirador, en el linde del bosque, era de unos 350 metros.
El mirador, posta avanzada, estaba casi
aislado. La facción estaba normalmente con la tensión nerviosa a
prueba. En efecto, en plena noche, el guardia no podía distinguir
al enemigo de su relevo. ¡Además el enemigo hablaba la misma
lengua! Él mismo y uno de sus camaradas, en medio de un relevo,
se encontraron dentro de las líneas franquistas
en plena noche. Se dieron cuenta cuando oyeron hablar a unos
marroquines. Evaristo propuso a su capitán un sistema bastante
simple e ingenioso que permitiría asegurar la guardia y el
relevo. Se trataba de un “hilo de Ariadna” tendido entre el
mirador y el punto más avanzado de la primera trinchera en El
Pardo y defendido por los republicanos.
En los extremos del hilo, dos botes de conservas con dos piedras
en el interior de cada uno de ellos permitían lanzar una señal a
la guardia para relevarla.
Una entrada principal llevaba al interior del
Pardo: los franquistas
ganaban cada vez más las posiciones republicanas;
el capitán recibió la orden de sacar a sus tropas por el pórtico
principal para rechazar la ofensiva y evitar el cerco. Pero
tiradores aislados permanecían emboscados y hacían una verdadera
masacre; tres cuartas partes de los combatientes republicanos
cayeron en el combate.
Evaristo era estafeta, y en el curso de una
misión que le confió su comandante (una orden de repliegue que
debía hacer llegar a su capitán de unidad) fue herido en el
antebrazo izquierdo por la explosión de un obús. Obtuvo unos días
de convalecencia y permiso en su pueblo de Villanueva
de Castellón.
En el pueblo reclutaban hombres para la Guardia
de Asalto. Quería presentarse voluntario, pero era un año
demasiado mayor de edad y demasiado bajo de estatura. Todos los de
su edad estaban en el ejército. Consiguió, pues, que le hicieran
una falsa declaración y que le rebajaran un año de edad, yendo a
pedir a la sede del partido socialista local un certificado. Además,
como no tenía la talla requerida, algunos centímetros, se tuvo
que presentar de nuevo con astucia para ser aceptado. Tras una
gran inspiración, el funcionario-reclutador lo enroló; lo que le
valió para no volver al frente en Madrid
y no incorporarse a su unidad. En efecto, como las pérdidas eran
considerables en la Guardia
de Asalto, el reclutamiento de efectivos era prioritario sobre
los otros cuerpos de armas.
En un primer momento, fue enviado a Valencia
a por el uniforme y el equipo; luego se le
orientó hacia un campo de entrenamiento de estas fuerzas
especiales, cerca de la playa de Benicàssim.
El objetivo era formar rápidamente guardias para completar las
compañías que sufrían demasiadas pérdidas. Al final del período
de entrenamiento, se formaron dos compañías. Dos de sus
camaradas fueron destinados a una compañía y él a otra. Como
deseaba estar en la misma compañía que sus camaradas, aprovechó
para cambiar de grupo y meterse
en el otro. El capitán hizo el recuento de la primera
compañía y se dio cuenta de que faltaba uno mientras que en la
otra había uno de más. El capitán eligió entonces uno al azar
de la compañía que excedía en número y lo envió a la otra.
Al final, una compañía debía ir a Barcelona
y la otra al frente de Madrid.
Desgraciadamente para él, la suerte le era adversa; estaba en
esta última, pertenecía a la 135ª compañía y al 34º grupo de
la Guardia
de Asalto; era una
vuelta al punto de partida. ¡Volvía a salir pues hacia Madrid!
Se dirigió al despacho del capitán, con sus dos camaradas, para
intentar permutar con otros muchachos de la compañía que iba a Barcelona,
aduciendo el hecho de que ya venía de Madrid
cuando estaba en el ejército. El
capitán se negó. Las dos compañías salieron en un primer
momento hacia Barcelona;
allí permaneció dos días, pues un levantamiento de anarquistas
tenía lugar en Aragón
(pero su tropa no lo sabía). El capitán pidió voluntarios para
una misión - “someter la rebelión” -, en refuerzo de otras
compañías estacionadas allí. Pedía 6 ó 7 hombres; para él y
sus dos amigos la alternativa era o ir a Madrid
o ir a otra parte (Aragón
sólo sufría un levantamiento, no era el frente). Se presentó
voluntario con sus amigos para esto último. Conocieron por fin el
objetivo de su misión una vez se consiguieron los seis
voluntarios.
Durante 6 meses permanecieron allí. Fueron
destinados a puestos
de guardia en carretera donde efectuaban controles de identidad.
Era en Binéfar.
Allí había una estación donde se encontraba un depósito de
aceite de oliva (una oportunidad para ellos, ya que el país, con
la guerra, carecía de él). Fue designado cocinero de su unidad.
Era, por otra parte, el único que sabía cocinar bien. Se
utilizaba pues el aceite requisado. Por la mañana, iba a buscar
leche a una granja de los alrededores para el café con leche de
sus camaradas y hacía freír rebanadas de pan de la víspera en
aceite a manera de “pain perdu”.
En un pequeño pueblo del norte de Aragón,
cerca de la frontera, la mayor parte de la compañía se había
colocado en casas de los vecinos. Un policía debía ser alojado
en casa de una anciana señora que sólo sabía hablar un aragonés
próximo al catalán,
y el diálogo establecido con los suboficiales en castellano se
volvió pronto incomprensible para la anciana mujer que sólo
comprendía algunas pizcas. Los suboficiales debieron recurrir a
Evaristo que controlaba los dos dialectos. Al principio, la
anciana se enfadó cuando uno de los policías le pidió “una cama”
para dormir. “Cama”
en catalán significa “pierna”.
¡Y para la vieja mujer, era inaceptable hacerse trocear por los
policías que querían comerle una pierna!
En resumen, Evaristo, tranquilizó a la vecina y le explicó que
lo que le pedía el policía era una cama
para dormir.
Los guardias de asalto de Cataluña
carecían de efectivos para asegurar el mantenimiento del orden en
Barcelona.
Con sus amigos se presentó voluntario para reforzarlos; algunos
guardias nacionales vinieron
a engrosar las líneas urgentemente. Tras
los 6 primeros meses de 1938, Aragón
cayó en manos de los “rebeldes”;
Cataluña
estaba aislada de Castilla
la Nueva, de una parte de Andalucía
y de Madrid
siempre republicana,
pero el cerco se estrechaba. La
costa Este estaba amenazada por la marina alemana e italiana.
Evaristo fue trasladado como
guardia a la prisión de arresto de Barcelona;
no llevaba mucho tiempo allí cuando un camarada vino a buscarlo y
le dijo que los franquistas
estaban a las puertas de la ciudad y que era preciso partir rápidamente.
Los dos despertaron a toda prisa a otro guardián que tenía un
vehículo a fin de que les condujera a Figueres
durante el día; el hombre, obligado, les dejó allí y volvió.
Allí un coronel del ejército les obligó a volver para engrosar
las filas en defensa de Barcelona.
Ellos se negaron. Estacionado en Mateo
con otros guardias de asalto, oía cómo se acercaban los franquistas
y estaban a punto de asediar la localidad; el enemigo era numéricamente
superior, el regimiento no podía defender por sí solo la plaza
contra todo un ejército de franquistas
exaltados. Decidió entonces abandonar su regimiento para salvar
su vida - igual que un buen número de republicanos
conscientes del final muy próximo de la guerra -. “¡Luchar, sí!
¡Pero sin municiones..., no!” Huyó, pues, con su camarada a
través de un campo de trigo, mientras los franquistas
rodeaban Mateo cerca de Figueres.
Sin ninguna sorpresa, el regimiento republicano
cayó. Los supervivientes, si no habían tenido la oportunidad de
morir en el combate, fueron pasados inmediatamente por las armas.
El hermano de Evaristo, Daniel (1905-1941), luchaba en una compañía
que se dirigía hacia Andalucía
y fue deshecha por los franquistas.
Años después fue
fusilado
en Paterna (el 16 de mayo de 1941),
tras dos años de prisión.
A Evaristo no le quedaba más opción que
atravesar la frontera para ir a Francia. Un gran número de tropas
republicanas
surcaban las carreteras hacia Francia. El éxodo se aceleraba. Se
juntó con sus tres camaradas de fortuna: un sargento (payaso de
vocación) y dos madrileños. Era el único valenciano entre ellos
y cuando estuvieron en Barcelona,
les servía a menudo de intérprete entre los castellanos y los
catalanes. En el camino, descubrió incluso una caja entera de
botellas de leche abandonada que se apresuró a cargar
inmediatamente sobre sus hombros. Sus camaradas se burlaban de él
repitiéndole que en Francia tendrían tanta leche como quisieran;
pero les dejó reír, ya que, al fin y al cabo, no conocía
Francia, y durante esta guerra había aprendido a defenderse por sí
mismo.
III. Exilio en Francia e internamiento
(1939-1942).