Memorias de Evaristo Castells Arándiga
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Memorias de Evaristo Castells Arándiga (1913-2005)
Recopiladas por Alexandre Dumont-Castells

 

III. Exilio en Francia e internamiento (1939-1942)


Cruzaron el pico de Le Perthus y después Le Perthus. Los franceses no se atrevían a salir de sus casas y los miraban desde detrás de las ventanas extrañadamente, como si fueran bestias. La gente les tenía miedo porque les habían dicho que los republicanos españoles eran “rojos” (pues recibían alguna ayuda de los soviéticos) en el sentido peyorativo del termino y que tenían una cola como los perros. En resumen... eran animales, diablos!

Llegaron todos a Argelès-sur-Mer donde fueron confinados en gran número al borde de la playa; allí, todos los objetos que recordaban la Republica Española fueron quemados, incluidos los billetes de banco que ya no tenían ningún valor y que eran las reservas en efectivo de los republicanos de Cataluña. Eran quemados a puñados... Faltaban suministros. La gendarmería francesa se ocupaba de ellos para internarlos en los campos y retirarles sus armas. Ellos esperaban su internamiento. A él, por su parte, no le quedaba más que la caja de leche que compartió con sus camaradas. Ahora él se reía de ellos, pues la Francia que todos imaginaban no les acogía realmente como esperaban. Después fueron internados en parte en un campo cerca de Argelès-sur-Mer, en Saint-Cyprien. Sobrevivían vendiendo sus bienes personales para obtener pequeños beneficios. La compra y la venta de estos objetos y el dinero ganado les permitían mejorar su comodidad. Una parte era guardada siempre para comprar, y la otra se gastaba en el consumo de charcutería y demás. Lo internaron a continuación en un campo en Agde, donde le permitían efectuar pequeños trabajos para hacerse con unos ahorrillos que le permitirían más tarde insertarse en su nueva vida francesa. Con él estaba internado el hijos del que fue Presidente de la República española, Niceto Alcalá-Zamora. Este muchacho se benefició de la consideración que tenían las autoridades  francesas con su padre para salir cuanto antes del campo. Las autoridades les comunicaron que todos los que deseaban trabajar (en un número muy limitado!) serían contratados como vendimiadores por los grandes agricultores de la región. Se presentaron voluntarios para trabajar durante el día; por la tarde volvían al campo; eran “explotados” pero bien tratados. No recibían más que 10 francos de la época sobre el salario mínimo que se concedía a un asalariado francés; el resto era para el Estado. Hechas estas economías, seguían comprando lo necesario de cada día (pantuflas, charcutería, etc.). A veces tenía que ocultar el producto de sus compras ya que algunos gendarmes – poco escrupulosos – se lo confiscaban. Sus patronos estaban contentos con ellos y con su trabajo y los mejores trabajadores consiguieron pronto un empleo a tiempo completo en casa de aquellos. Evaristo lo consiguió. Dos agricultores se interesaron por su caso. Uno venía de Perpignan y otro era de Agde. Aceptó trabajar durante 3 años para quien ofrecía más. Permaneció pues en Agde.

IV. La deportación (1942-1943)

 

Actualitzada: dijous, 24 / maig / 2007

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