Cruzaron el
pico de Le Perthus y después Le
Perthus. Los franceses no se atrevían a salir de sus casas y
los miraban desde detrás de las ventanas extrañadamente, como si
fueran bestias. La gente les tenía miedo porque les habían dicho
que los republicanos españoles eran “rojos”
(pues recibían alguna ayuda de los soviéticos) en el sentido
peyorativo del termino y que tenían una cola como los perros. En
resumen... eran animales, diablos!
Llegaron todos a Argelès-sur-Mer
donde fueron confinados en gran número al borde de la playa; allí,
todos los objetos que recordaban la Republica
Española fueron quemados, incluidos los billetes de banco que
ya no tenían ningún valor y que eran las reservas en efectivo de
los republicanos
de Cataluña.
Eran quemados a puñados... Faltaban suministros. La gendarmería
francesa se ocupaba de ellos para internarlos en los campos y
retirarles sus armas. Ellos esperaban su internamiento. A él, por
su parte, no le quedaba más que la caja de leche que compartió
con sus camaradas. Ahora él se reía de ellos, pues la Francia
que todos imaginaban no les acogía realmente como esperaban.
Después fueron internados en parte en un campo cerca de Argelès-sur-Mer,
en Saint-Cyprien. Sobrevivían vendiendo sus bienes personales
para obtener pequeños beneficios. La compra y la venta de estos
objetos y el dinero ganado les permitían mejorar su comodidad.
Una parte era guardada siempre para comprar, y la otra se gastaba
en el consumo de charcutería y demás. Lo internaron a continuación
en un campo en Agde,
donde le permitían efectuar pequeños trabajos para hacerse con
unos ahorrillos que le permitirían más tarde insertarse en su
nueva vida francesa. Con él estaba internado el hijos del que fue
Presidente de la República española, Niceto
Alcalá-Zamora. Este muchacho se benefició de la consideración
que tenían las autoridades francesas
con su padre para salir cuanto antes del campo. Las autoridades
les comunicaron que todos los que deseaban trabajar (en un número
muy limitado!) serían contratados como vendimiadores por los
grandes agricultores de la región. Se presentaron voluntarios
para trabajar durante el día; por la tarde volvían al campo;
eran “explotados” pero bien tratados. No recibían más que 10
francos de la época sobre el salario mínimo que se concedía a
un asalariado francés; el resto era para el Estado. Hechas estas
economías, seguían comprando lo necesario de cada día
(pantuflas, charcutería, etc.). A veces tenía que ocultar el
producto de sus compras ya que algunos gendarmes – poco
escrupulosos – se lo confiscaban. Sus patronos estaban contentos
con ellos y con su trabajo y los mejores trabajadores consiguieron
pronto un empleo a tiempo completo en casa de aquellos. Evaristo
lo consiguió. Dos agricultores se interesaron por su caso. Uno
venía de Perpignan
y otro era de Agde.
Aceptó trabajar durante 3 años para quien ofrecía más.
Permaneció pues en Agde.