En
el invierno de 1942 su patrón le pidió que abandonara la
explotación pues los alemanes acababan de invadir la zona
meridional de Francia. Acabó por ser interrogado por la Gestapo
y, como era español, los alemanes le dejaron escoger entre
trabajar para ellos en los astilleros de las bases submarinas en Lorient
con franceses y otros refugiados políticos españoles o bien
acompañarle hasta la frontera española y entregarle a las
autoridades franquistas,
lo que le conduciría derecho al
paredón. Optó con toda lógica por la primera opción. Lo
internaron en un campo de concentración en Montpellier
junto con unos compatriotas españoles. Luego comenzó la
deportación hacia Bretaña.
Como hacía la vida imposible a los alemanes, lo destinaron a un
campo semidisciplinario en Lorient.
Dormía en un barracón con 40 o 50 camas.
En Quimper conoció a la
dueña de un bar. Todos los días pasaban por delante de su
puerta, cuando volvían del campo de internamiento escoltados por
los alemanes. La señora del bar, como todos los buenos franceses
de la época, odiaba a los alemanes y estaba relacionada con la Resistencia.
Así que Evaristo le pidió por carta que les consiguiera
documentos de identidad falsos, aunque con los nombres verdaderos,
para él y para sus amigos. Con estos papeles podían pensar en
una posible evasión.. Algunas noches los alemanes acompañaban a
los internados a la ciudad, para que se divirtieran en su bistro
durante algunas horas; todos tenían la costumbre de ir a este bar
de la ciudad. Simpatizó bien pronto con la jefa del bistro
y se ofreció para cantar todas las tardes ante "sus"
clientes. A cambio le pidió que les diera de comer, a él y a sus
cinco camaradas, unos "amigos del País, España", ya
que los alemanes los alimentaban - no hace falta decirlo -
bastante mal.
(continuará)